Descubre cómo hacer una pizza crujiente y deliciosa sin horno en una noche calurosa. Aprende el truco de los pizzeros para obtener una base crujiente y un queso bien fundido con solo una sartén.
Hay noches en las que encender el horno es impensable. Piso pequeño, verano pegado a las paredes, y sin embargo el cuerpo te pide pizza. Ahí entra el truco que muchos pizzeros usan cuando no tienen un horno de leña a mano: calor directo muy intenso por abajo y vapor controlado por arriba. La combinación da una base crujiente y un queso bien fundido, sin horno y sin drama.
La clave es una sartén de hierro o acero grueso. Conduce mejor el calor que una antiadherente fina y crea ese dorado que cruje. Precalienta la sartén a fuego medio-alto durante 8–10 minutos. Si tienes tapa metálica, ponla a calentar a la vez: el calor de la tapa “hornea” la parte superior.
Para evitar que el vapor ablande la base, envuelve la tapa con un paño limpio (bien ajustado y lejos de la llama) para que absorba la condensación. Ese pequeño gesto marca diferencia.
La masa funciona mejor con hidratación media (alrededor del 60–65%), reposada y a temperatura ambiente. Estírala fina, del tamaño de la sartén, con un poco de sémola o harina de maíz fina por debajo: ayuda a que deslice y aporta un punto crujiente.
Los toppings, cuanto más secos, mejor. Salsa espesa (si hace falta, redúcela cinco minutos en un cazo), mozzarella de baja humedad bien escurrida y vegetales previamente salteados. El jamón o la rúcula, al final, fuera del fuego. Menos agua sobre la masa equivale a más crujiente.
Sartén y tapa precalentadas. Fuego medio-alto. Desliza la masa en la sartén seca. 1–2 minutos sin tapa hasta que salgan burbujas y el borde comience a dorar. Pincela una capa fina de salsa; añade queso y lo imprescindible. Baja un punto el fuego, tapa y cocina 3–4 minutos: arriba se funde, abajo se endurece. Destapa y sube el fuego 30–60 segundos para el golpe final de crujiente. Si la base no está dorada, muévela un poco para que reciba calor uniforme. Saca la pizza a una rejilla 1 minuto antes de cortar: el vapor residual se escapa y el crujiente se fija.
Pequeño extra de pizzería: un hilo de aceite en el borde antes del golpe final crea ese “frito suave” de las pizzerías de Turín, crujiente por fuera y tierno por dentro.
Plancha o comal: ideal para masas muy finas tipo “coca”; el contacto es aún más uniforme. “Campana” casera: una olla de acero invertida y bien caliente como tapa crea una atmósfera de mini-horno. Soplete de cocina: un toque rápido para dorar queso sin reblandecer la base (úsalo con cuidado y lejos de la campana).
Al final, la magia no es el horno: es la gestión del calor y de la humedad. En una cocina tranquila, con la ventana abierta y la radio de fondo, una sartén bien caliente basta. La pizza cruje, la casa huele a domingo, y el vecindario jura que acabas de montar una pizzería en el salón.
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