Descubre cómo cocinar pasta perfecta con agua salada y hervor vivo. Sigue nuestra guía paso a paso y evita errores comunes para disfrutar de una cena rápida y deliciosa
Una olla que hierve es un pequeño espectáculo: vapor, burbujas que suben a ritmo de samba y ese olor a trigo que anuncia cena rápida. Y, sin embargo, basta un descuido —una mirada al móvil, un “ya vuelvo”— para que la pasta se agarre y forme un bloque triste. La buena noticia es que hay un gesto sencillo que lo cambia todo: agua bien salada, desde el principio y con hervor vivo.
La sal no es magia, pero ayuda. Da sabor (imprescindible) y, en concentración correcta, firme la superficie de la pasta, lo que reduce la liberación de almidón pegajoso. Si el agua hierve con energía, ese almidón se dispersa y la pasta se mueve sin pegarse.
Agua abundante: calcula 1 litro por cada 100 g de pasta. La amplitud importa para que el almidón no se concentre. Sal antes de la pasta: unos 10 g por litro (una cucharadita rasa). En costa, muchos usan la referencia “agua que recuerde al mar”, sin pasarse. Hervor de verdad: nada de tímido. Debe burbujear constante. Si parece jacuzzi triste, sube el fuego. Pasta dentro y acción: remueve durante el primer minuto. Es cuando más se decide el futuro del plato. Luego, alguna vuelta ocasional. Control del tiempo: prueba un minuto antes del indicado en el paquete. La pasta debe estar al dente; demasiado hecha se vuelve más pegajosa. Rescate de agua: guarda media taza del agua de cocción. Ese almidón bien dosificado te ayudará a ligar la salsa después.
Aceite en el agua: crea una película que impide que la salsa se adhiera. Si el hervor es enérgico y remueves al inicio, no lo necesitas. Poca agua o mucha pasta de golpe: baja la temperatura, frena el hervor y favorece el apelmazado. Dejarla esperando en el colador: si la pasta se queda ahí, se enfría por fuera y se pega. Mejor escurrir rápido y mezclar de inmediato con la salsa caliente. Aclarar con agua fría: solo para ensaladas o salteados asiáticos. En platos con salsa italiana, arrastras el almidón que liga.
Una microescena real: martes por la noche en Ciudad de México, fideos largos, salsa de tomate lista. El agua canta, añades sal generosa, la pasta entra, das dos vueltas con la cuchara de madera y, en cinco minutos, el piso parece más ordenado porque no te tuviste que pelear con un mazacote. Escurres, a la sartén con la salsa, un chorrito de agua de cocción, salteo breve, queso. Listo.
La pasta no pide mucho: un inicio con atención, un medio con ritmo y un final sin esperas. Con agua salada, hervor vivo y movimiento al principio, se suelta. Y tú también.
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