Descubre cómo congelar el perejil fresco para tenerlo siempre listo para usar. Evita el desperdicio, ahorra tiempo y conserva su aroma. ¡Un truco de cocina sencillo y eficaz que te cambiará la vida!
Un martes cualquiera: abres la nevera, ves el manojo de perejil que compraste el domingo en el mercado y ya acusa el cansancio. Huele bien, pero sabes que no llegará al fin de semana. La solución es simple y eficaz: convertirlo en un “fondo de congelador” que te resuelva una sopa, unas papas salteadas o un pescado a la plancha sin esfuerzo.
Congelar bien el perejil evita desperdicio, ahorra tiempo y conserva su aroma. El perejil liso (más fragante) y el rizado (más decorativo) se congelan sin problema, aunque el liso mantiene mejor el sabor. Importante: tras la congelación pierde algo de crocante, así que es perfecto para cocinar, terminar platos calientes o salsas; no tanto para decorar ensaladas en crudo.
Lava el manojo en agua fría y sécalo a conciencia. Si tienes centrifugador de ensalada, úsalo; si no, papel de cocina y paciencia. La humedad es la enemiga del buen congelado. Separa los tallos gruesos (guárdalos para un caldo o un sofrito) y pica las hojas a tu gusto. Extiende el perejil picado en una bandeja formando una capa fina. Congélalo 1–2 horas para “precristalizar”. Pasa el perejil suelto a una bolsa con cierre o a un recipiente hermético. Saca el aire, etiqueta y fecha. Así evitarás olores y el temido “hielo quemador”.
Reparte el perejil picado en una cubitera. Cubre con agua o con aceite de oliva. Congela y desmolda a una bolsa. El cubito con agua va directo a una sopa o a unas lentejas. El de aceite funciona de maravilla para empezar un sofrito o rematar unas verduras. Consejo de cocina segura: no añadas cubitos de agua a aceite caliente.
Color más verde, si quieres: blanquea las hojas 10–15 segundos en agua hirviendo y pásalas a un bol con hielo. Seca muy bien y congela. El tono queda más intenso, el sabor apenas cambia.
En su mejor punto, 3–4 meses; aceptable hasta 6. Guárdalo en la zona más fría del congelador, no en la puerta. No vuelvas a congelar lo ya descongelado: usa porciones pequeñas para evitarlo.
Tortilla de patatas con un cubito de aceite y perejil. Sopa rápida: caldo, fideos, un puñado de perejil congelado al final. Papas salteadas con ajo: añade el perejil al apagar el fuego. Pescado a la plancha con limón y perejil, sin excusas. Chimichurri o salsa criolla en minutos: cubitos de perejil, aceite, vinagre, ajo y un toque de ají.
Hay algo satisfactorio en abrir el congelador y encontrar pequeñas reservas verdes. No es magia, es organización amable: un gesto hoy para ganar sabor mañana. Y el manojo del domingo, por fin, llega a buena mesa.
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