Crème brûlée horneada dentro de manzanas: crema suave, crosta crujiente y aroma de otoño. Consejos prácticos, tiempos y trucos para un final perfecto.
El crujido llega antes del aroma: la cucharilla rompe la capa de azúcar y, debajo, asoma una crema tibia, vainilla, un susurro de canela, la manzana cediendo apenas. No es la clásica de restaurante: aquí la crème brûlée se cuece dentro de la fruta. Es sencillo y, cuando llega a la mesa, parece magia.
Funciona porque la manzana es un recipiente comestible y perfumado. Elige piezas firmes y de tamaño parecido. En España, la Reineta es apuesta segura; en México o Argentina, Granny Smith o Pink Lady dan buen resultado. Córtales la “tapa”, ahuécalas con una cucharita dejando paredes de un centímetro y rocía el interior con limón para que no se oxide. Si bailan, corta una lámina mínima en la base para estabilizarlas en la bandeja.
La crema no tiene misterio: nata, yemas, azúcar y vainilla. Proporción clásica y fiable: 500 ml de nata, 6 yemas y 100 g de azúcar. Puedes infusionar la nata con una tira de piel de limón y media rama de canela; apaga el fuego, deja reposar 10 minutos y cuélala. Mezcla con las yemas y el azúcar sin montar espuma.
Coloca las manzanas en una fuente con agua caliente hasta la mitad (baño María), rellénalas y hornea a 150–160 °C durante 30–40 minutos. Sabes que están listas cuando la crema tiembla en el centro como gelatina tímida. Retira, enfría a temperatura ambiente y luego a la nevera al menos 3 horas. Este reposo es clave.
Para la “brûlée”, seca la superficie con papel de cocina, espolvorea azúcar fino (mejor blanco; el moreno carameliza antes y puede amargar) y quema con soplete en movimientos circulares. Sin soplete, grill del horno: manzanas frías, bandeja alta, 2–3 minutos bajo el gratinador, vigilando como halcón. Una segunda capa fina de azúcar refuerza el crujiente.
Si tus manzanas son muy ácidas, añade una cucharadita de miel a la crema. Para adultos, una cucharada de calvados o brandy en la mezcla. En casas calurosas, guarda las manzanas rellenas sin caramelizar hasta 24 horas; el azúcar, siempre al final. ¿Sin nata? Mitad nata, mitad leche entera funciona, pero la textura más sedosa vive en la nata.
Pequeño truco de abuela: en días de mucha humedad (esas tardes de lluvia en Bilbao o Bogotá), carameliza el doble de rápido y lleva a la mesa enseguida para que la crosta no sude.
Al llegar a la mesa, se oye el “clic” de la cucharilla rompiendo la capa. El vapor que sale huele a merienda, a horno encendido un domingo cualquiera. No hace falta más que unas nueces tostadas por encima o una pizca de canela. Lo demás, silencio breve y cucharadas lentas. Porque a veces el lujo es esto: una crema francesa, una fruta de temporada y el instante crujiente que no se repite.
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