Hubo un período en el que todos mis días terminaban de la misma manera: con unas ganas de dulce que volvían, puntuales, justo después del almuerzo o por la noche frente al televisor. No era hambre real.
Era más bien un impulso difícil de contener, como si mi cuerpo me pidiera constantemente azúcar para sentirse bien. Intenté resistirme, distraerme, beber agua o mascar chicle, pero nada funcionaba. Luego, casi por casualidad, leí un consejo aparentemente banal: añade canela a tu rutina alimentaria. No me lo creí mucho, pero lo intenté. Y ahí fue cuando todo cambió.
Ese antojo irrefrenable por los dulces no era solo cuestión de gula. Lo entendí cuando descubrí cuánto influye la glucemia —es decir, la cantidad de azúcar en sangre— en el apetito. Cuando comemos alimentos ricos en azúcares simples, la glucemia sube rápidamente, pero luego baja igual de rápido. Esto provoca un bajón energético que el cerebro intenta compensar con más azúcar. Es un ciclo que se retroalimenta, muchas veces sin que lo notemos.
Por eso es fundamental estabilizar esos altibajos. Y aquí entra en juego la canela, una especia antigua y aromática que no solo sirve para hacer más sabrosos los postres navideños.
Diversas investigaciones, incluida una publicada en el Journal of the Academy of Nutrition and Dietetics, han demostrado que la canela puede mejorar la sensibilidad a la insulina y reducir los picos de glucemia después de las comidas. Todo gracias a ciertos compuestos activos, como la cinamaldehído, que actúan positivamente sobre el equilibrio metabólico.
Empecé a usarla todos los días de forma sencilla: en el café, en el yogur, en los batidos o sobre una crema de verduras. Después de unos pocos días, noté un cambio real: más energía, menos antojos de dulce, ningún bajón repentino durante el día. Y además hubo un efecto que no esperaba: el propio aroma de la canela satisfacía los sentidos, reduciendo el hambre emocional. Algunos estudios incluso hablan de un efecto calmante y regulador a nivel del sistema nervioso.
Obviamente, como todo, la canela debe usarse con inteligencia. Si es posible, es mejor preferir la variedad Ceylán, más apreciada y con menor contenido de cumarina, una sustancia que en exceso puede sobrecargar el hígado. No hace falta usar cucharadas, basta con emplearla con constancia y regularidad.
Hoy se ha vuelto un gesto automático: añadirla por la mañana, combinarla con mis platos favoritos, usarla en lugar del azúcar. Una elección sencilla, casi invisible, que sin embargo ha transformado mi forma de comer. El antojo de dulce no ha desaparecido del todo, pero se ha vuelto manejable, natural, menos urgente. A veces, el truco es más aromático de lo que imaginamos.
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