Descubre el vino de hielo, un raro y exquisito brebaje hecho con uvas congeladas. Aprende sobre su proceso de elaboración, por qué es tan valioso y cómo disfrutarlo al máximo.
Una cena de invierno, calefacción justita y una botella pequeña que brilla ámbar sobre la mesa. No es licor, ni miel: es vino hecho con uvas que se vendimiaron duras como canicas, a oscuras y con varios grados bajo cero. Lo llamamos vino de hielo. Y sí, sabe a fruta madura, pero también a frío.
El principio es simple y exigente: las uvas se quedan en la vid hasta que se congelan de forma natural. En Alemania se habla de -7 °C; en Canadá, -8 °C o menos. Se cosechan de madrugada, se prensan cuando aún están congeladas y el hielo —el agua— queda atrapado en cristales. Lo que escurre es un mosto espesísimo, dulce y muy ácido.
La fermentación va despacio, a veces durante meses. El resultado suele rondar 8–11% de alcohol, con una concentración de azúcares y aromas que recuerda a albaricoque, manzana asada, cítricos confitados o miel. No es botrytis, no es Sauternes: aquí no hay podredumbre noble, solo frío y paciencia.
Para que haya vino de hielo, la naturaleza tiene que alinearse. Si el invierno no baja lo suficiente, no hay cosecha. Si se pasa de rosca y hiela demasiado tiempo, la uva se estropea. Los rendimientos son mínimos: de lo que daría una viña en un año normal, apenas sale una fracción. Y hay riesgo: esperar al frío puede significar perderlo todo.
Por eso se produce en pocos lugares y con regularidad irregular: Alemania y Austria cuando el clima lo permite; Canadá —Ontario, Columbia Británica, Quebec— con más constancia; de vez en cuando aparecen botellas en Estados Unidos o regiones frías de China. Las variedades varían: Riesling o Grüner para blancos vibrantes; Vidal en Canadá por su resistencia; incluso alguna rareza tinta con Cabernet Franc.
En tienda, fíjate en la etiqueta: “Eiswein” en Alemania o “Icewine” en Canadá implica congelación natural en la vid. Desconfía de términos ambiguos si no se especifica. Las botellas suelen ser de 375 ml: piensa en 6–8 copas pequeñas.
Servirlo frío, pero no helado: 6–8 °C permite que salgan los aromas. Una copa de blanco funciona; no hace falta tanta superficie como en un tinto. Una vez abierto, aguanta bien en la nevera, tapado, varios días; incluso una semana gracias al azúcar y la acidez.
¿Con qué va? Con la vida dulce y la salada: tarta de queso, manzana asada, strudel; quesos azules, foie o un paté de campaña que compraste en la charcutería del barrio. También con picantes suaves: unas gambas al ajillo se vuelven menos bravas. En México, pruébalo con ate y queso; en Argentina, con pastelitos de membrillo; en España, con roquefort y nueces en la sobremesa del domingo.
Una última escena: noche fría, tres amigos, una botella que da para poco y cunde mucho. El primer sorbo es denso y luminoso a la vez. Ahí entiendes su rareza: el vino de hielo captura un instante del invierno y lo guarda, como quien mete un copo en el bolsillo sin que se derrita.
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