Desayuno del 1 de enero: qué ayuda de verdad y qué es mejor evitar

La mañana después dice mucho de cómo estamos. Elegir qué desayunar puede ser un acto de cuidado, no una obligación.

Persianas a medias, confeti debajo de la mesa y una nevera con restos brillantes de anoche. El estómago va a su ritmo: hambre irregular, digestión perezosa. No hace falta heroísmo. El primer gesto del día es hidratar y bajar revoluciones.

Desayuno del 1 de enero: qué ayuda de verdad y qué es mejor evitar
Desayuno del 1 de enero: qué ayuda de verdad y qué es mejor evitar

Agua templada a sorbos, quizá una infusión de manzanilla o menta. Según la OMS, el alcohol favorece la pérdida de agua; por eso, antes del café, dale un poco de calma al cuerpo. Si el café te apetece, que sea corto y acompañado de algo sólido; si no, déjalo para más tarde.

Una tostada de pan del día anterior con tomate y aceite de oliva. Sencilla, templada, amable. Avena cocida con leche o bebida vegetal, muy suave, con plátano maduro o manzana rallada. La calidez ayuda a “arrancar”. Yogur natural con fruta blanda (pera, papaya) y un puñado pequeño de frutos secos.

Un caldo claro – de verduras o pollo – si el cuerpo pide salado. En muchas casas latinoamericanas el primer sorbo del año es eso: una taza que reconcilia. Arepa sencilla o tortilla de maíz con queso fresco, sin salsas pesadas.

La clave hoy es no forzar. Come en dos tiempos si te va mejor: algo pequeño al despertar y un bocado más completo un poco después. De acuerdo con la AESAN, dar protagonismo a fruta, verdura y cereales integrales es un buen ancla en días desordenados; el 1 de enero cuenta doble.

Lo que conviene dejar para otro día

Recalentados con mucha grasa o salsas densas (asados, mariscos con mantequilla, guisos pesados). Fritos, bollería industrial, hojaldres empapados. Bebidas con mucho gas o muy azucaradas a primera hora. Alcohol “reparador”. No repara. Hoy manda el agua.

Pequeños trucos que funcionan en la vida real

Ritmo lento: mastica despacio, pausa el móvil y escucha cuándo aparece el “ya”. Ese “ya” es suficiente. Temperatura templada: caldos, gachas, tostadas tibias. El frío intenso puede cortar el apetito y el muy caliente incomodar.

Porciones pequeñas: un cuenco chico de avena y, si sigue el hambre, repites. Mejor sumar que pelearse con un plato gigante. Un toque cítrico suave (ralladura de naranja en la avena, unas gotas sobre la fruta) despierta sin agredir.

Una imagen conocida: mediodía, la casa aún a media luz, alguien barre confeti en la cocina y otro remueve una olla pequeña de avena. No hay prisa ni lista de propósitos encima de la mesa. Solo ese acuerdo silencioso de empezar el año sin ruido. Hoy no se trata de “portarse bien”, sino de tratarse bien. Mañana ya habrá hambre normal. O no. Pero estará bien igual.

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