Espaguetis con ajo, aceite y guindilla: una receta sencilla que no admite errores

Descubre cómo transformar ingredientes básicos en un plato digno con nuestra receta de espaguetis al ajo y guindilla

La escena es conocida: llegas tarde, abres la alacena y solo te miran un paquete de espaguetis, un par de dientes de ajo, una guindilla reseca y una botella de aceite. Doce, quince minutos. Lo justo para convertir lo mínimo en algo digno. Y ahí aparece este plato que parece sencillo hasta la ingenuidad, pero que no admite errores.

Espaguetis con ajo, aceite y guindilla: una receta sencilla que no admite errores
Espaguetis con ajo, aceite y guindilla: una receta sencilla que no admite errores

Aquí no hay trampa ni cartón: pasta de trigo duro, buen aceite de oliva virgen extra, ajo fresco y guindilla (o chile/ají). Si puedes elegir, que el AOVE sea fragante, frutado medio. La pasta, de calibre uniforme. La guindilla, seca o fresca según gusto. Y un quinto “ingrediente” que no se ve pero manda: el agua de cocción. Tambien puedes añadir tomates si lo quieres, pero no se conteplan en la receta original.

La técnica que marca la diferencia

Pon a hervir agua con sal generosa: aprox. 10 g por litro (una cucharada rasa). El agua debe saber a mar suave. Lamina el ajo. Abre la guindilla y, si quieres menos picor, retira semillas. Cubre el fondo de una sartén amplia con AOVE (3-4 cucharadas por ración). Añade ajo y guindilla en frío. Fuego bajo. Que perfume, no que chisporrotee a lo loco. En cuanto empiece a dorar muy levemente, aparta del fuego. Quemar el ajo lo amarga todo. Cuece la pasta dos minutos menos de lo indicado. Reserva al menos una taza del agua. Vuelve la sartén al fuego medio, añade un cucharón de agua de cocción y mueve la sartén para emulsionar con el aceite. Esa mini “crema” es la base. Pasa los espaguetis a la sartén y saltea 1-2 minutos, añadiendo más agua si hace falta hasta lograr una salsita brillante que abrace la pasta. Un hilo de AOVE crudo al final y listo.

Detalles que personalizan sin traicionar

Hay bandos y ninguno está mal: ajo entero para retirarlo fácil, en láminas para que se note, o picado si te gusta su golpe directo. Guindilla seca da un picor limpio; la fresca aporta aroma verde. Si en casa se prefiere suave, quita los semillines o usa solo medio. Un puñado de perejil muy picado, si te apetece, refresca sin robar protagonismo. Y en algunas cocinas españolas se añade pan rallado tostado (pangrattato) para aportar crujiente: no es canónico, pero funciona.

Errores comunes y cómo evitarlos

Ajo oscuro: fuego demasiado alto. Solución: empezar en frío y vigilar. Pasta lavada de sabor: poca sal en el agua. Ajusta desde el principio. Aceite que resbala: faltó emulsionar con agua de cocción. Mueve y crea “crema”. Pasta pasada: termina en la sartén, no en la olla. Aceite cualquiera: aquí manda el AOVE; es protagonista, no extra.

Al final, el plato llega a la mesa humeante, con ese perfume que hace callar un segundo la conversación. Un toque de picante, el brillo exacto, el crujir mínimo del ajo bien tratado. Nada más, nada menos. Porque hay días en que la cocina recuerda algo simple: la sencillez exige respeto. Y cuando se lo das, te lo devuelve en cada bocado.

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