Descubre cómo hacer un roscón de Reyes con un toque mediterráneo. Aprende a preparar una masa aromática, confitados caseros y rellenos ligeros
La mañana del 6 de enero tiene un olor preciso: a naranja, a horno encendido antes del amanecer, a azúcar pegada a los dedos. En la mesa, una corona dorada de papel, migas traviesas y una conversación a media voz para no despertar a quien aún sueña. El roscón es eso: una escena compartida.

En España, el roscón llega con haba y figurita: de acuerdo con RTVE, quien encuentra la haba paga el dulce y quien halla la figura es coronado. En México, la tradición se estira hasta la Candelaria: al que le toca el “muñeco” invita tamales el 2 de febrero. El hilo común es la celebración, y el roscón, esa excusa comestible.
Una vuelta de tuerca al roscón
La base es la misma: una masa enriquecida, esponjosa y perfumada con cítricos y agua de azahar. La variación que proponemos busca ligereza y aroma mediterráneo: parte de la mantequilla se sustituye por aceite de oliva suave (un 30% del total), y la leche se infusiona con piel de naranja, limón, canela y una estrella de anís. El resultado: miga tierna, menos pesada y perfume largo.
Para el vestido, cambiamos las frutas rojas de bote por cítricos confitados en casa: rodajas finas de naranja, fuego bajo, azúcar y un chorrito de miel durante 20–25 minutos, hasta que brillen. Encima, almendra laminada tostada y pistachos picados para el toque verde. Si apetece relleno, dos opciones frescas: nata montada con una cucharada de mascarpone (da estabilidad sin empalagar) o crema pastelera de mandarina.
Claves que marcan la diferencia
Harina de fuerza y paciencia: busca una W media-alta y amasa hasta la “prueba de la ventana”. Si no llega, reposo de 10 minutos y sigue; la masa te lo agradecerá.
Fermentación lenta: guarda la masa en la nevera, bien tapada, 8–12 horas. Gana sabor y organiza tu tiempo. A la mañana, forma la rosca sin apretar y deja que vuelva a subir hasta temblar al tacto.
Aroma, no perfume: el agua de azahar es intensa. Con 1–2 cucharaditas basta; el resto lo ponen las pieles de los cítricos.
Brillo sin exceso: pincela con huevo batido y un chorrito de leche. Espolvorea azúcar humedecido (unas gotas de agua o de azahar) para ese granillo típico.
La sorpresa: envuélvela en papel de horno (mejor que aluminio) y escóndela al formar. Seguridad ante todo.
Luego sucede lo de siempre: alguien corta trozos desiguales, alguien busca la figurita a escondidas, alguien moja en café con leche y dice que solo un poquito. Y ahí, entre el crujir de la almendra y el olor a naranja, el día se abre camino. Un roscón de Reyes puede ser tradición o descubrimiento. Este, quizá, un poco de ambas cosas.





